13.8.07,10:45 p. m.
La Conciencia

"Lúcida, inmóvil, desierta, la conciencia está entre paredes; se perpetúa. Nadie la habita ya. Todavía hace un instante alguien decía yo, alguien decía mi conciencia. ¿Quién? Afuera había calles parlantes, con colores y olores desconocidos. Quedan paredes anónimas, una conciencia anónima. Esto es lo que hay: paredes y entre las paredes, una pequeña transparencia viviente e impersonal. La conciencia existe como un árbol, como una brizna de hierba. Dormita, se aburre. La pueblan pequeñas existencias fugitivas, como pájaros en las ramas. La pueblan y desaparecen. Conciencia olvidada, abandonada entre estas paredes, bajo el cielo gris. Y éste es el sentido de su existencia: que es conciencia de estar de más. Se diluye, se desparrama, trata de perderse sobre la pared parva, a lo largo del farol o allá en el humo del atardecer.

Jean Paul Sartre
 
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11.8.07,9:28 p. m.
Guitarra y Marioneta
Me encanto, no os digo mas,

 
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,12:59 p. m.
Joan Margarit






















Platón, en el Banquete, explica que los seres humanos, en sus inicios, eran hombre y mujer a la vez. Los dioses, celosos de su felicidad, los separaron y, a veces, se vuelven a encontrar un hombre i una mujer que habían formado parte del mismo ser. Entonces sucede lo que llamamos un gran amor. Quizá sucede lo mismo con las palabras. Cuando un verso alcanza a decirnos lo que parecía inefable, es que les palabras han ocupado un lugar que ya habían tenido en la edad de oro de los lenguajes, desde donde comenzaron a ser desplazadas en episodios com el de Babel, en el inicio de una larga destrucción que culminaría en los diccionarios, las academias i otras miserias. A la poesía le ha tocado ejercer la nostalgia por aquella eda de oro en una infinita tentativa para recuperar el sentido i la fuerza de las palabras. La poesía no trataría, pues, de la construcción de espacios de la lengua que nunca hayan existido, sino que en el milagro probabilístico de un poema estaría la reproducción de un orden perdido. En estas circunstancias, el lector de poesía tiene más a ver -haciendo un paralelismo con la música- con el intérprete que con quienes han de limitarse a escuchar un concierto. Por esto hay tan pocos lectores de poesía, y por esto son tan fieles. Quienes han hecho el esfuerzo de aprender a interpretar un poema, de aprender a escuchar el orden fundamental de las palabras, han accedido a un mundo al cual difícilmente renunciarán. Toda esta platónica historia es, claro está, una fábula (como aquella música previa de Cernuda o Cioran). Pero reconozco que, para mí, las cosas alrededor de la poesía ocurren como si no lo fuese
 
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,12:12 p. m.
El Monstruo de Madera


Hay un jardín; tras la ventana hay un jardín. Y yo no quiero. Hay un jardín y yo estoy aquí, con mi gato, la mano llena de pelos del gato grande y granate que se llama Escarabajo, que viene y se va como los recuerdos y que deja en casa un rastro de uñas oscuras y prendidas.
Yo hablaba del jardín; digo que hay un jardín ahí, tras el cristal. Digo que alguien toca desde alguna parte, porque yo escucho viento de música, y tengo miedo de pensar en quién puede querer pasar frío ahora fuera.
Todo comenzó cuando Rotgen murió. Yo no lo sabía, nadie lo sabía aún, pero la noche en que le descubrimos balanceándose desde el techo sobre el olor a fuego y cera quemada se firmó la oscuridad para nosotros y un eterno temor a hablar de violoncelos.
Luego fueron los niños: los ocho niños de la escuelita roja y blanca donde yo enseñaba. La pequeña, tan vivaz, la rubita del vestido azul que se doblaba con gracia cada vez que recogía algo del suelo. Ahora, a veces, juega en el jardín, y ella y sus amigos aún muestran las marcas de viruela que les hizo pasar al otro lado. Yo no entiendo. No sé por qué viene aquí, precisamente, a jugar a mi casa. No sé muchas cosas. No quiero pensar. Tampoco quiere Escarabajo y recorre inquieto la sala si yo le encierro, en lugar de ronronear con los ojos cerrados en su cesta.
Györg es mi hermano y está perdido. Daba vueltas como un animal enjaulado y al fin esta mañana, después de desayunar, dijo, yo salgo. Yo le hice jurar, de acuerdo, no me acercaré al jardín, Andrea, pero si me hubiese obedecido la comida no se hubiese enfriado sobre la mesa.
¡Chist! No, no es nada. Creí oír el violoncelo. No, no es nada. Será el gato; o el viento. Cuando los mejores tiempos imperaban no se oía nada nunca, y mi hermano decía qué silenciosa, qué aburrida es Tiselder, sin un pájaro que se acerque a despertarnos. Entonces no nos dimos cuenta de que aquellos eran los buenos tiempos. Yo señalaba Checoslovaquia cada mañana en la pizarra ante los niños, él se ocupaba de sus arriates, no crees que hace demasiado calor para ser Junio, ah, Györg, los meses se equivocan como nos equivocamos todos, y Rotgen me esperaba y me acompañaba a casa cada tarde, a distancia, cortésmente, hasta que franqueé el portón de Tiselder y me llevó, vestida de negro y con un velo blanco y un ramo de azahar, a su casa.
Los niños están ahí de nuevo. Giran con los pies descalzos sobre la nieve, y hacen muecas. Creo distinguir, aunque aún es pronto, la silueta desgarbada de Györg. Llamo en voz alta, Escarabajo, dónde estás, ven, toma, Escarabajo. Escarabajo, serpientes, Escarabajo. Mi gato tiene miedo a las culebras, y es suficientemente tonto como para no saber que en invierno no quedan serpientes.
Nuestro matrimonio se acabó la tercera vez que se alzaron nuestras voces y Rotgen se encaró a la ventana, yo le volví la espalda y nada más. Él pasaba las tardes descifrando partituras con el monstruo de madera, y yo llorando y golpeándole si su mano rozaba mi hombro. Entonces regresé a Tiselder, abracé a mi hermano, que tenía las manos llenas de tierra, y me tumbé en mi cama de soltera.
Volví a la escuela, e incluso quise evitar la expresión dolida de Rotgen cuando me negaba a llevar hacia él la vista. Mi hermano Györg, el niño que había crecido demasiado deprisa y daba la impresión de no saber qué hacer aún con sus piernas de potrillo, se movía entre nosotros como un pez desorientado.
Rotgen hablaba mucho con él; Györg recortaba los setos, plantaba las caléndulas que le tendía y le miraba con sus incomprensibles ojos ovalados. Györg, le llamo, como llamaba antes a Escarabajo. Entra, Györg, la sopa se enfría; pero Györg se mezcla cada vez mas claramente con los niños del jardín, y ya nadie comerá la sopa.
Cuando descubrimos a Rotgen yo tuve que volver de nuevo la vista para no encontrar que era él el de la sombra oscilante sobre las velas que llenaban el suelo. Lloré más tarde, y me vestí de luto, pero no me lo devolvieron. Hubiera podido llorar y golpear con puños y pies contra la puerta, pero no me lo hubieran devuelto. Él se balanceaba de una cuerda en aquella habitación y yo no quise mirarle ni recoger el violoncelo abandonado. Es curioso, pensé que él había dejado atrás al monstruo de madera, y sin embargo, jamás pensé en que yo me hubiera, siquiera por un instante, alejado de él.
Si al menos supiera en quién debo pensar, todo sería más fácil. Las cosas pierden su ser, y mi jardín no es ya el jardín de Györg, sino un sitio de hierba verde puesta de pie entre la nieve, con búcaros vacíos y flores un poco mustias, donde hay ocho o nueve niños muertos con marcas en la cara, y un muchacho larguirucho con aspecto ausente, y un gato granate y gordo, y un violoncelo oculto que estalla sus notas al pie de las escaleras. Sólo tengo que abrir la ventana al aire frío de invierno y dar unos pasos y también verán, se verá, quién sabe, un vestido de dueña ojerosa, una trenza larga que se volverá al oírse llamar Andrea.
Apenas recuerdo ya lo que era antes. La monotonía dulce de madrugar para tostar pan blanco y untarlo con mantequilla y la mermelada favorita de Györg, la de rosas. En verdad, es duro tener que dejar la vida.
Lo siento.
El violoncelo, ahora sí, llama de nuevo. No sé si llegué a sentirlo alguna vez. No sé si siento. Me arrepiento del castigo, no de mi manera de obrar. No sé, no sé ni qué resortes pudo invertir Rotgen ni qué pecado debo purgar para tener el jardín lleno de figuras que gesticulan y forman corro, y de nieve azulada por la llegada de la tarde.
Marido, escuela, gato, hermano. Palabras sencillas. Me duele, me duele el recuerdo. No sé. Tal vez todo sea mentira, tal vez no sienta nada y quiera justificar el acre olor que me viene a la garganta al oír música en el jardín, como antes.
Györg tarda y el gato se ha escapado. Saldré a buscarles y a decir a los niños que no jueguen cerca de los semilleros que plantamos la última vez. O no.

Espido Freire

 
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